Ana María García Blanco

Ana María García Blanco

 

Todos hemos coincidido en la necesidad de transformar el Departamento de Educación en uno que esté “cerca” a la escuela; que sirva a la escuela y no a la inversa. Cualquier reforma educativa, sin embargo, debe estar guiada por principios que garanticen su éxito.

Debe ser cónsona con la “descentralización” que perseguimos, siendo su punto de partida las voces de maestros, directores, familias, estudiantes y miembros de la comunidad. Debe proteger aquellas escuelas que sirven bien y cuyas prácticas autónomas dentro del sistema han logrado ser exitosas. Debe considerar experiencias previas. ¿Cuáles modelos le dan base a esta reestructuración? ¿Han sido exitosos?  ¿Para quién?  ¿Se toma en cuenta a los más vulnerables?  Debemos estar mirando reformas exitosas que han mantenido al mercado fuera y a su vez remuneran bien a maestros y directores. 

Con ánimo de colaborar al diálogo sobre la reforma que se perfila, aquí algunas ideas. He tenido el privilegio de acompañar a comunidades en un proceso de transformación desde la base misma del sistema educativo.  Desde ahí, lo primero que pregunto es: ¿Cómo queremos que sea la escuela del Puerto Rico al cual aspiramos? Esta pregunta ha guiado diálogos comunitarios durante los últimos 26 años.  De ellos nace una visión compartida.

Es la visión de una escuela tranquila, feliz y en paz, limpia y ordenada, llena de árboles y huertos.  Una que invita a entrar y a ser parte, donde todos se tratan con gracia y cortesía y se rigen el respeto al otro, al ambiente y al trabajo.  Es una escuela de gobernanza participativa que resulta en el espíritu autónomo que le caracteriza. Una escuela eficiente, ágil, en donde los que están más cerca de los niños toman las decisiones que les afectan.  

Es un proyecto académico que funciona para todos. Con ambientes en los que tu hija se mueve con libertad, escoge su material y trabaja en una mesa o alfombra. Allí va descubriendo el conocimiento.  Ahí los temas del siglo: los recursos de agua, las migraciones y las formas nuevas de energía...

Es una escuela en que tus hijos se sienten exitosos y llegan a casa contando historias de proyectos del salón o de la comunidad. Se sienten motivados por un currículo diseñado para ellos; tranquilos porque el entorno completo apuesta a ellos. Tienen acceso a ambientes óptimos, internet formativa, al arte, idiomas, música, agricultura, educación física, biblioteca. Es una escuela que no permite la violencia en ninguna de sus formas—ni el fracaso, ni el castigo, ni una “evaluación” sin sentido y punitiva.

Durante los primeros 20 días luego de María, visité 15 escuelas del proyecto montessoriano público.  En todas encontré: una comunidad unida, organizada, solidaria, tomando decisiones y acciones ágiles.  Resolviendo para el otro, para que todos estuviesen bien.   ¿No es esta la escuela que queremos para nuestros hijos?   ¿No es este el país que queremos?  La escuela que nos merecemos es posible, el país que merecemos es posible. Apoyar y proteger a las comunidades y las escuelas que ya han comenzado a ser el país que queremos debe ser el primer paso de cualquier reforma que emprendamos. 

 

Publicado en el periódico El Nuevo Día el 6 de febrero de 2018.